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Más allá del pánico y el trauma: Claves y hallazgos de la psicología de la emergencia

26 oct
7 min de lectura

Durante décadas, la narrativa dominante en el cine, los medios de comunicación e incluso en ciertos sectores de la salud mental ha proyectado una visión sombría sobre el comportamiento humano en situaciones de desastre. 


Bajo la influencia del mito del pánico masivo y la premisa hobbesiana de que el ser humano retrocede a un estado salvaje ante el peligro, se ha asumido que la emergencia provoca caos social, saqueos, desorganización y egoísmo. De forma paralela, la psicología clínica tradicional ha enfocado su lente casi exclusivamente en la patologización, el dolor y el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), reduciendo a los sobrevivientes a víctimas pasivas desprovistas de sentido y capacidad.


Para sorpresa de muchos, la evidencia acumulada por la sociología del desastre y la psicología de la emergencia sugiere algo más alentador, aunque invisibilizado: la respuesta más común, natural y evolutivamente adaptativa ante una catástrofe es la cooperación, la solidaridad espontánea y la acción altruista. Lejos de ceder al caos, las personas expuestas a amenazas extremas suelen convertirse en los primeros rescatistas, activando conductas de ayuda mutua antes de la llegada de los servicios de rescate formales.


Desmontando el mito del pánico masivo y el comportamiento dañino

El concepto de "pánico masivo" implica una pérdida irracional del control donde los individuos compiten agresivamente por la supervivencia personal a expensas de los demás. No obstante, las investigaciones empíricas en catástrofes —desde los atentados del 11 de septiembre en Nueva York hasta los bombardeos de Londres en 2005 o los terremotos en Ciudad de México, Santiago de Chile y La Guaira en Venezuela— demuestran que el pánico egoísta es un fenómeno raro y minoritario (Quarantelli, 2008; Drury et al., 2009).


El Disaster Research Center (DRC), fundado por E. L. Quarantelli y E. R. Dynes, ha documentado exhaustivamente que durante las fases agudas de un desastre:


  • No prevalece el desorden ni la anomia: La estructura social no se colapsa en egoísmo; al contrario, se reconfigura temporalmente para priorizar la protección colectiva.

  • El egoísmo y la delincuencia disminuyen: Los índices de criminalidad habitualmente caen en las zonas afectadas durante las primeras fases de la emergencia, observándose lo que los sociólogos denominan la "comunidad de respuesta" o "utopías del desastre" (Solnit, 2009).

  • Las víctimas son actores clave: La inmensa mayoría de los rescates e intervenciones salvavidas iniciales no son realizados por equipos especializados, sino por los propios sobrevivientes no lesionados o con lesiones leves.


La base de la resiliencia colectiva: Identidad social compartida y altruismo

Para explicar por qué las personas cooperan en momentos de amenaza vital, el modelo de Resiliencia Colectiva desarrollado por John Drury y colaboradores (2009, 2019) aporta una explicación teórica fundamental fundamentada en la Psicología Social de los Grupos.


Cuando ocurre una emergencia, la amenaza común transforma la percepción individual. Los límites del "yo" se expanden hacia un "nosotros" emergente (emergent social identity). Esta identidad social compartida produce:


  1. Empatía reflexiva y solidaridad: Las necesidades del otro se perciben como propias, lo que facilita el altruismo convergente sin requerir lazos afectivos preexistentes.

  2. Expectativa de apoyo mutuo: Se genera un clima de confianza implícita donde los individuos asumen que dar ayuda incrementa la seguridad global del grupo.

  3. Coordinación espontánea: Los grupos en crisis normativizan rápidamente conductas de cortesía, cediendo el paso, ayudando a personas con movilidad reducida o compartiendo recursos escasos.


Este comportamiento prosocial no es una anomalía ni una conducta heroica excepcional; es la expresión del repertorio cooperativo que ha permitido a la especie humana sobrevivir a amenazas ambientales a lo largo de su historia evolutiva.


Una nueva psicología de la emergencia más allá de lo negativo

Ya lo planteó Martin Seligman cuando asumió la presidencia de la Asociación Americana de Psicología en 1999. Durante todo el siglo pasado la psicología y las ciencias del comportamiento se enfocaron en el lado débil y oscuro del ser humano.


Esta tendencia persiste en la cultura popular y en situaciones de emergencia no es la excepción. Hay un sesgo persistente en el ámbito de la salud mental para equiparar la exposición a un evento potencialmente traumático (Potentially Traumatic Event, PTE) con el desarrollo inevitable de trastornos psicológicos. Si bien el dolor, la desorientación y el malestar agudo son respuestas normales y fisiológicas frente a eventos anómalos, convertir la vivencia del desastre en una etiqueta conlleva varios riesgos:


  • Erosión del poder individual y comunitario: Tratar a los sobrevivientes únicamente como receptores pasivos de ayuda o "pacientes en potencia" invisibiliza sus recursos de afrontamiento y su capacidad de autoorganización.


  • Invisibilización del Crecimiento Postraumático: Tal como han señalado Tedeschi y Calhoun (2004) y Stephen Joseph (2011), una proporción significativa de personas expuestas a adversidades extremas experimenta no solo recuperación, sino también un fortalecimiento de sus relaciones interpersonales, una reevaluación de sus prioridades vitales y un aumento en su sentido de eficacia personal.


  • Confusión entre malestar funcional y disfunción clínica: Sentir miedo, tristeza o hiperactivación tras un impacto masivo no es síntoma de fragilidad mental, sino una movilización fisiológica orientada a la protección y la adaptación.


El Enfoque ACT y ProSocial: Flexibilidad psicológica y valores en medio del caos

Desde la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) y el marco contextual-conductual, la respuesta humana ante el desastre se analiza bajo el prisma de la flexibilidad psicológica: la habilidad de tomar contacto plenamente con el momento presente, con las experiencias internas que este conlleva (pensamientos, emociones, sensaciones), y persistir o cambiar la conducta en función de los valores elegidos (Hayes et al., 2012).


Miedo y altruismo no son mutuamente excluyentes

En un contexto de emergencia, la fusión cognitiva (quedar atrapado en pensamientos catastróficos) y la evitación experiencial (el intento de suprimir el miedo o la ansiedad) pueden congelar la acción adaptativa. No obstante, la evidencia muestra que la mayoría de las personas son capaces de experimentar niveles elevados de miedo fisiológico y, simultáneamente, ejecutar acciones comprometidas orientadas al cuidado de otros.


Desde la perspectiva ACT:


  • Aceptación en la acción: No es necesario "estar tranquilo" para actuar con eficacia. El altruismo en emergencias no ocurre por ausencia de miedo, sino a pesar de él, junto a él e incluso, impulsado por él.


  • Valores como brújula de respuesta: Los valores prosociales (la protección de la vida, el cuidado comunitario, la solidaridad) actúan como potentes motivadores de la conducta, dirigiendo el comportamiento hacia acciones con sentido incluso cuando el entorno es caótico y amenazante.


El modelo ProSocial (Atkins, Wilson & Hayes)

Aplicado al trabajo comunitario y de emergencia, el modelo ProSocial (Atkins, Wilson & Hayes, 2019) combina la ciencia de la evolución cultural de Elinor Ostrom con los principios de la ciencia conductual contextual de ACT. Este enfoque señala que los grupos que enfrentan situaciones adversas funcionan mejor cuando:


  1. Comparten un propósito y valores comunes claramente identificados.

  2. Fomentan la flexibilidad psicológica, permitiendo que los miembros de la comunidad reconozcan su estrés sin juzgarlo, manteniendo el foco en el bienestar colectivo.

  3. Co-diseñan acciones de apoyo equitativas que aprovechen las capacidades únicas de cada integrante.


Implicaciones para la intervención en crisis y la gestión de emergencias

Reconocer la tendencia altruista y la resiliencia natural de los sobrevivientes nos plantea enormes oportunidades para los protocolos de intervención en emergencias:


  1. Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) basados en el empoderamiento: Los PAP no deben ser entendidos como un tratamiento del trauma ni una búsqueda de patologías tempranas, sino como una intervención orientada a brindar seguridad, calma, autoeficacia, conexión social y esperanza (Hobfoll et al., 2007).

  2. Facilitar, no imponer: Las autoridades y los equipos de socorro deben trabajar con las comunidades afectadas, apoyando sus iniciativas locales de respuesta en lugar de asumir una postura paternalista o de control de orden público orientada a mitigar el "pánico".

  3. Validación del malestar e integración de valores: En el acompañamiento psicológico, se debe validar el dolor y el miedo como reacciones congruentes con la situación, mientras se ayuda al individuo a reconectarse con sus valores y sus redes de apoyo para reconstruir su proyecto de vida.


Conclusión

La psicología de la emergencia basada en evidencia académica desmantela la visión pesimista de la naturaleza humana en momentos de crisis. Lejos de sucumbir a la barbarie o la incapacidad, las personas y las comunidades muestran una notable capacidad para organizarse, cooperar y protegerse mutuamente.


Centrar la mirada exclusivamente en la patología, la vulnerabilidad y el comportamiento dañino nos impide comprender el principal mecanismo de adaptación del ser humano: la solidaridad. Al integrar marcos contextuales como ACT y ProSocial, entendemos que la flexibilidad psicológica permite a los sobrevivientes coexistir con el dolor inevitables de la pérdida y, simultáneamente, llevar a cabo acciones valiosas que preservan la vida y reconstruyen el tejido social. Especialmente, durante las primeras horas y días de la emergencia, cuando los primeros rescatistas y red de apoyo son los propios sobrevivientes.


Referencias bibliográficas

Atkins, P. W. B., Wilson, D. S., & Hayes, S. C. (2019). Prosocial: Using Evolutionary Science to Build Productive, Equitable, and Collaborative Groups. New Harbinger Publications.


Drury, J., Cocking, C., & Reicher, S. (2009). The nature of collective resilience: Evidence from the July 7th 2005 London bombings. International Journal of Mass Emergencies and Disasters, 27(1), 66–95.


Drury, J., Carter, H., Cocking, C., Ntontis, E., Tekin Guven, S., & Amlôt, R. (2019). Facilitating collective resilience in the public in emergencies: Twelve recommendations based on social psychology research. Frontiers in Public Health, 7, 141.


Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The Process and Practice of Mindful Change (2nd ed.). Guilford Press.


Hobfoll, S. E., Watson, P., Bell, C. C., Bryant, R. A., Brymer, M. J., Friedman, M. J., ... & Ursano, R. J. (2007). Five essential elements of immediate and mid-term mass trauma intervention: empirical evidence. Psychiatry: Interpersonal and Biological Processes, 70(4), 283–315.


Joseph, S. (2011). What Doesn't Kill Us: The New Psychology of Posttraumatic Growth. Basic Books.


Quarantelli, E. L. (2008). Conventional beliefs and counterintuitive realities in disaster research. Journal of Contingencies and Crisis Management, 16(4), 193–204.


Solnit, R. (2009). A Paradise Built in Hell: The Extraordinary Communities That Arise in Disaster. Penguin Books.


Tedeschi, R. G., & Calhoun, L. G. (2004). Posttraumatic Growth: Conceptual Foundations and Empirical Evidence. Psychological Inquiry, 15(1), 1–18.


 
 
 

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