Buen Lider
Por DR. Pedro Delgado Machado - Médico Psiquiatra
Ni el carisma, ni la inteligencia, ni la elocuencia, ni la autoridad, u otro atributo de personalidad son características que definen la grandeza de un líder democrático en tiempos modernos, son sus obras, lo que realmente hace por la gente (no lo que dice hacer). Investigadores sociales han demostrado que más que características de personalidad, concepción política, brillantez intelectual, la grandeza de un líder en democracia se mide por su capacidad de interpretar y resolver las necesidades del colectivo (incluidos tirios y troyanos). Otra característica es su inteligencia emocional y neutralidad como facilitador en la solución de enfrentamientos sociales , ideológicos o políticos que entraban en el desarrollo social o económico de una nación, y la capacidad de búsqueda de soluciones pragmáticas adaptadas al momento socio-político. En definitiva quien crea más bienestar social. Un buen líder es como un buen padre de familia, que puede tener preferencias o debilidades con ciertos hijos, pero que antepone el bienestar familiar (en este caso de TODA la familia) y no solo de una parte antes que el suyo propio o el de sus preferidos. La tarea de un líder no es la de imponer un modelo político o concepción social, es la de procurar el mayor nivel de bienestar social (de TODA la sociedad), con el menor sufrimiento.

Antes se pensaba que bastaba que con que un líder carismático inyectase entusiasmo, “empodera” a los seguidores, fuese persuasivo o tuviese lo que llaman “ carácter” o ascendencia entre sus seguidores y control de masas para imponer su voluntad. Hoy se sabe que un buen líder es aquel que sabe interpretar el deseo colectivo del momento y logra satisfacerlo. No basta con ocupar una posición de poder y querer imponer las cosas autoritariamente o utilizando triquiñuelas políticas. Un buen líder tiene que establecer un diálogo real y productivo con los liderados y con sus otros líderes indistintamente que sean adversarios para interpretar lo que necesita la sociedad, y trabajar para obtener un buen producto final. Lo importante no es identificar lo que el líder quiere para persuadir o imponerlo, sino lo que quieren los liderados. No se trata de un proceso social de arriba para abajo sino al contrario de abajo para arriba. Para ganar credibilidad y ascendencia hay que ubicarse en la necesidad del grupo y no la propia o egoísta. Muchos líderes una vez que se sienten posicionados y cuentan con algún respaldo, piensan que pueden moldear a la gente a su antojo y eso no es cierto. Solo es posible si hay sintonía entre lo que el líder propone y lo que la gente quiere. Es imposible imponer una agenda a la gente como si se tratara que la gente es un ejército de incondicionales ciegos, sordos, y mudos. El liderazgo fuerte e impositivo pierde vigencia. Lamentablemente la embriaguez de poder o la ceguera convierte a los líderes en prevaricadores (falta en cumplir la obligación que el cargo le impone).




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